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...las ínsulas estrañas...
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema tras el papel. 08/04/2005Imposible propensión al mitoOLOR A LLUVIA Confundido en el aire quieto olvidé todas tus palabras su débil huella. Lo que fue se deshizo como una rosa. Ya no existen las buganvillas junto al garaje y no hay arriates ni el limonero echa la flor que te envolvía con su aroma. En el jardín abandonado olor a lluvia y aire quieto. Sobre tu ausencia se oye el mar y un griterío de gaviotas. (José Agustín Goytisolo) El Goytisolo que nos dejó estos versos era ya viejo. Aún, hoy es siempre todavía, planea la muerte de su madre, Julia, en un bombardeo sobre Barcelona. Pero los años pasan, y en lo que Biedma cristalizó en la imposible propensión al mito, pesan. Ni el limonero echa la flor que te envolvía con su aroma ni el tiempo volverá. Nunca. La memoria, corrompida, ya no discierne: ¿era ese olor... o era otro? ¿Hoy es siempre todavía? 17/03/2005Was there a timeA CHILD’S CHRISTMAS IN WALES One Christmas was so much like another in those years around the sea-town corner now and out of all sound except the distant speaking of the voices I sometimes hear a moment before sleep, that I can never remember whether it snowed for six days and six nigths when I was twelve or whether it snowed for twelve days and twelve nigths when I was six. (...) Years and years and years ago, when I was a boy, when there were wolves in Wales, and birds the colour of red-flannel petticoats whisked past the hark-shaped hills, when we sang and wallowed all night and day in caves that smelt like Sunday afternoons in damp front farmhouse parlours, and we cashed bears, the English, with the jawbones of deacons, before the motor-car, before the wheel, before the duchess-faced horse, when we rode the daft and happy hills bareback, it snowed and it snowed. (Dylan Thomas) [Las Navidades eran tan parecidas/ en aquellos años por las esquinas/ del pueblo junto al mar,/ y tan silenciosas, excepto el lejano/ parloteo que a veces oigo por un instante/ antes de dormir,/ que nunca puedo acordarme si nevó/ durante seis noches y seis días/ cuando tenía doce años,/ o si nevó doce noches y doce días/ cuando tenía seis (...) Hace muchos, muchísimos años,/ cuando yo era un niño,/ cuando había lobos en Gales/ y pájaros como rojas faldas/ de franela que de súbito/ cepillaban las colinas con forma de arpas;/ cuando cantábamos/ y nos revolcábamos/ toda la santa noche/ y todo el santo día/ en cuevas que olían/ a tardes de domingo/ en las húmedas salas de las granjas,/ y nosotros cazábamos osos/ con el inglés mascullado/ por las mandíbulas/ de los diáconos;/ antes del automóvil,/ antes de la rueda, antes del caballo/ con pinta de duquesa,/ cuando/ cabalgábamos a pelo por las colinas/ chifladas y felices,/ nevaba y nevaba. -trad. de M. Covián-] He aquí dos pequeños fragmentos de un extenso poema narrativo de Dylan Thomas, el gran poeta etílico. Me lo imagino en algún bar del sur de Manhattan, apurando en un trago el whisky, y rápidamente pidiendo otro. Tal vez garabateando versos en la servilleta de papel, mientras la infancia vuelve sobre sus pasos. ¿Seis y doce? ¿Doce y seis? La memoria nos falla cuando evocas aquel tiempo en el que aún el pecado original no había mellado en uno, y entonces tratamos de aprisionarlo, en imágenes plásticas -¿aquellas tardes de domingo?- condenadas a la corrupción. Pero algo queda, lacerante, feliz: nevaba, siempre nevaba... |