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...las ínsulas estrañas...
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema con el papel. 17/09/2005ReligiosidadesDe repente los ecos divinos que en el tiempo se apagaron, desde lejos de nuevo llamáronle con el poderoso encanto que del fondo del sepulcro hizo levantar a Lázaro. Agitóse al oírlos su alma y volvió de su sueño letárgico a la vida, como vuelve a su patria el desterrado que ve al fin los lugares queridos, mas no a los seres amados. Alma que has despertado, vuelve a quedar dormida; no es que aparece el alba, es que ya muere el día y te envía en su rayo postrero la postrimera caricia. (Rosalía de Castro) La muerte es un don. Pues gracias a ella vivimos cada momento como si fuera el último. El crepúsculo complementa al alba. También, ¿por qué no? gracias a Tánatos vive Eros. Pero la muerte es una maldición. Temer el final. La oscuridad. Pues estamos condenados... ¿O no? La eterna pregunta del hombre. Ojalá fuera espiritualidad. Pero no. Hablamos de antropología. 11/07/2005Leed, cabronesMe voy de vacaciones. Como siempre, espero que me sean tan culturizantes como etílicas. Disfrutad todos vosotros también. A la vuelta, en Septiembre, volveremos a vernos. ¡Hasta entonces! 02/07/2005Miradasdetermina qué quieres que te diga cuando nos hablemos por primera vez o si directamente te beso o qué carajo quieres que haga en el primer choque frontal de tus ojos contra los míos dime entonces si haremos el amor luego enseguida o un mes más tarde en tu casa o en la mía con música o sin ella quién abajo y quién arriba y bueno qué te hará feliz cuándo nos pelearemos por el color de mi pelo o la marca de tus lentillas o si acaso dejarás de fumar o yo encontraré trabajo qué detestaras de mis mañanas dónde coño pondrás mis cosas si tan sólo pudiera levantarme y preguntarte cómo sería todo... (muchacha sentada en el banco de enfrente) (Antonio Barcía, a.k.a. YgNeO) Alguien dijo que un solo instante valía por toda una eternidad. Incluso condensada en un olvidadizo paréntesis. 11/04/2005TributoAMISTAD A LO LARGO Pasan lentos los días y muchas veces estuvimos solos. Pero luego hay momentos felices para dejarse ser en amistad. Mirad: somos nosotros. Un destino condujo diestramente las horas, y brotó la compañía. Llegaban noches. Al amor de ellas nosotros encendíamos palabras, las palabras que luego abandonamos para subir a más: empezamos a ser los compañeros que se conocen por encima de la voz o de la seña. Ahora sí. Pueden alzarse las gentiles palabras -ésas que ya no dicen cosas-, flotar ligeramente sobre el aire; porque estamos nosotros enzarzados en mundo, sarmentosos de historia acumulada, y está la compañía que formamos plena, frondosa de presencias. Detrás de cada uno vela su casa, el campo, la distancia. Pero callad. Quiero deciros algo. Sólo quiero deciros que estamos todos juntos. A veces, al hablar, alguno olvida su brazo sobre el mío, y yo aunque esté callado doy las gracias, porque hay paz en los cuerpos y en nosotros. Quiero deciros cómo todos trajimos nuestras vidas aquí, para contarlas. Largamente, los unos con los otros en el rincón hablamos, tantos meses! que nos sabemos bien, y en el recuerdo el júbilo es igual a la tristeza. Para nosotros el dolor es tierno. Ay el tiempo! Ya todo se comprende. (Jaime Gil de Biedma) Me vais a perdonar el ramalazo sensiblero. Pero nunca podré dejar de dar gracias por tener pocos poemas tan míos como éste. Troyano, Jiménez, Javi, Jesús... no veo el momento de volver a reunirnos. Y olvidar los brazos. 09/04/2005Conversaciones privadasORILLAS DE TU VIENTRE ¿Qué exaltaré en la tierra que no sea algo tuyo? A mi lecho de ausente me echo como una cruz de solitarias lunas del deseo, y exalto la orilla de tu vientre. Clavelina del valle que provocan tus piernas. Granada que has rasgado de plenitud su boca. Trémula zarzamora suavemente dentada donde vivo arrojado. Arrojado y fugaz como el pez generoso, ansioso de que el agua, la lenta acción del agua lo devaste: sepulte su decisión eléctrica de fértiles relámpagos. Aún me estremece el choque primero de los dos; cuando hicimos pedazos la luna a dentelladas, impulsábamos las sábanas a un abril de amapolas, nos inspiraba el mar. Soto que atrae, umbría de vello casi en llamas, dentellada tenaz que siento en lo más hondo, vertiginoso abismo que me recoge, loco, de la lúcida muerte. Túnel por el que a ciegas me aferro a tus entrañas. Recóndito lucero tras una madreselva hacia donde la espuma se agolpa, arrebatada del íntimo destino. En ti tiene el oasis su más ansiado huerto: el clavel y el jazmín se entrelazan, se ahogan. De ti son tantos siglos de muerte, de locura como te han sucedido. Corazón de la tierra, centro del universo, todo se atorbellina, con afán de satélite en torno a ti, pupila del sol que te entreabres en la flor del manzano. Ventana que da al mar, a una diáfana muerte cada vez más profunda, más azul y anchurosa. Su hálito de infinito propaga los espacios entre tú y yo y el fuego. Trágame, leve hoyo donde avanzo y me entierro. La losa que me cubra sea tu vientre leve, la madera tu carne, la bóveda tu ombligo, la eternidad la orilla. En ti me precipito como en la inmensidad de un mediodía claro de sangre submarina, mientras el delirante hoyo se hunde en el mar, y el clamor se hace hombre. Por ti logro en tu centro la libertad del astro. En ti nos acoplamos como dos eslabones, tú poseedora y yo. Y así somos cadena: mortalmente abrazados. (Miguel Hernández) - ¿Por qué lees poesía? - ¿Hum? No sabría decirlo. En ocasiones pienso que para suplantar. - ¿Suplantar? - Sí, claro. Piensas que algo te falta, y entonces lo buscas en unas palabras que alguien dejó sobre el papel. Podrían ser mentira, pero tú logras hacerlo real o, al menos, creerlo real. - ¿Sucede siempre, con cualquier poesía? - No... no siempre. A veces lees... ya sabes, por puro goce estético, o realizas una lectura demasiado automática que se limita a recoger lo que piensas llamativo de tal poesía. Pero hay algunas que poseen un poder empático mucho mayor, aunque siempre depende de quien lo lee. En mi caso suele ocurrir con los que se relacionan con el amor. - Suena... cursi, ¿no? - Bueno, no sólo amor, la palabra está realmente desprestigiada. Son los sentimientos. Los que te elevan sobre ti, los que te recogen con una dulzura tal que realmente ves a tu chica esperándote, como si estuviera allí, y pronto fuerais a uniros en uno. - Recuerdo que antes escribiste algo, trataba sobre desenamorarse. ¿Tiene alguna relación? - ¡Sí! Joder... y eso es lo malo... - Explícate. - Estás en un punto tal que todo te parece vacío. hay sentimientos que crees que nunca se repetirán y... no... corrijo: que tienes la certeza de que nunca se repetirán. Y entonces parece que lees para evadirte, para suplantar, en definitiva, como ya dije. Como cuando ves una película romántica a solas, de esas que nunca reconocerías ante tus amigos que alquilas, y mientras dura el metraje piensas con el protagonista, sientes con él... de alguna forma te haces él, en cierta manera. Y estás tranquilo mientras la ves, o mientras lees la poesía. Pero pronto te despiertas y te encuentras en la calle. Rodeado de tus asuntos. Y te ves a ti mismo como lo que eres: alguien patético. - ¿Qué deberíamos hacer entonces? - No sé... esa es la mierda: no queda absolutamente nada. 25/02/2005DesenamorarseMUROS Encontrarte después de tanto y tanto tiempo (las primeras arrugas, el leve maquillaje, no sé si restaurando el cansancio del rostro, el pelo recogido sobre la nuca, ahora, mas con el mismo brillo en la mirada) me hace pensar en la muchacha aquella que yo creía amar de adolescente sin impureza alguna de deseo. Y es que al verte de nuevo he comprendido (joven aún y tan hermosa como te recordaba, pero no tan altiva y sí más frágil, más deseable así por más humana) cómo no son la carne ni el deseo quienes manchan con ceniza el amor, sino los días. Aquello que perdí y tú perdiste también (al fin lo sé) se debió a la ignorancia. En el amor el verbo con el amor se enreda y las palabras alzan un vasto muro ciego. Sólo es verdad el deseo. Él tan sólo no miente. Pero quedan los días, los años de extrañeza, la mezquindad del tiempo que nos hace distintos. Y cuando tú me hablas de que ya se hace tarde y tendrás que marcharte (sorprendo un gesto nuevo, un rictus en tu boca que antes no conocía), y al cabo te levantas para decirme adiós, las ruinas de aquel muro que erigió nuestro miedo sobre nosotros caen igual que cae la noche. Impasible, serena y algo fría de octubre. (Abelardo Linares) Es extraño. Al menos, es extraño en qué medida uno es capaz de hacer propio un poema, hasta el punto de que el autor queda completamente desdibujado. Tengo la costumbre, a menudo, de leer en voz alta algún poema, mientras paseo por mi habitación. Todavía recuerdo la noche en el que releí este poema. Había pasado tiempo desde la última vez y las circunstancias habían cambiado. Aquella noche me costó conciliar el sueño. De alguna manera, había saltado algún resorte y comprendí que me había desenamorado. De una vieja sombra. Aun así, duele desenamorarse. |